sábado, 23 de abril de 2016

La descarnada radiografía que hace Vallejo de Colombia, la religión y el presidente Santos. Especial de el periódico EL ESPECTADOR

 La descarnada radiografía que hace Vallejo de Colombia, la religión y el presidente Santos

Discurso pronunciado en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, el 23 de abril de 2016, por el escritor Fernando Vallejo.
Por: Especial para El Espectador


¿No trajeron paraguas? Por si de pronto llueve...
Voy a hablar de dos cosas. Una, de Dios que no existe, de Cristo que no existió, y de su infame Iglesia que no quiere a los animales y que se las da de buena y misericordiosa habiendo sido cruel y asesina hasta donde pudo cuando pudo, más que el Estado Islámico de hoy pues este apenas decapita mientras que ella quemaba a la gente viva en las hogueras de su Santa Inquisición. Y dos, de nuestra asquerosa clase política, presidida por el vagamundo que tenemos en la presidencia. Con todo respeto.
¿Que Dios hizo el Universo? ¿Y quién dijo que el Universo lo tenían que hacer, acaso es una mesa de carpintero? Si Dios, que no sabemos quién es, se hizo solo y existe desde siempre, ¿por qué no se pudo haber hecho solo y existir desde siempre el Universo, del que tampoco sabemos qué es? Los astrofísicos de hoy, ampliando el horizonte de los astrónomos del pasado, nos hablan de fenómenos cada vez más abstrusos: de materia oscura, energía oscura, estrellas de protones, agujeros negros, supernovas con luminosidades de galaxias... Un día de estos ven con el telescopio Hubble a la Virgen orbitando la Tierra. Como esta santa mujer ascendió al cielo en cuerpo y alma según el dogma de la Asunción... Su alma estará ahora en el cielo con su Hijo Cristo y el Padre Eterno, ¿pero el cuerpo? A algún lado ha tenido que ir a dar el cuerpo. Cuerpo es cuerpo. Dios es la explicación del bobo, la de Perogrullo, la que no explica nada. No sabemos qué es el Universo y a lo mejor nunca lo sabremos ni cómo surgió. Más aún, para no elevarnos ni un palmo del suelo, no sabemos qué son la gravedad, ni la energía, ni la luz, ni la materia. No pasan de ser palabras, vagas palabras. Vivimos inmersos en lo inescrutable.
Le preguntó Napoleón por Dios al astrónomo Laplace y éste le contestó: “Señoría, yo no necesito de esa hipótesis”. Si no sabemos pues qué es el Universo, ¿por qué lo tenemos que cargar con la necesidad de un origen? El que no sabe qué es una cosa que no diga de dónde salió la cosa. ¡Dizque el Homo sapiens, el hombre sabio! Esto lo que es es el Simius mendax, el simio mentiroso, que hace tres millones de años bajó del árbol donde vivía alimentándose de hojas y frutas, a la planicie a cazar animales para comérselos, y que se cree el rey de la creación porque se lo dice esa colección de textos apócrifos, inmorales y estúpidos que llaman la Biblia. La Biblia la inventó y cambió en el curso de generaciones y generaciones una sucesión de levitas carniceros y de copistas obtusos, todos anónimos, y no es la palabra de Dios porque la palabra es cambiante y sucesiva y Dios es inmóvil, fijo, igual siempre a Sí Mismo, y si de boquisuelto se pone a hablar, entra en la corriente del Tiempo, que se lo lleva. Ningún rey de la creación. El hombre es un simio alzado que excreta sentado.
Paisanos (o expaisanos, como gusten), ya dejen de cacarear derechos y empiecen a asumir deberes: a no tener hijos si no tienen con qué mantenerlos y a no comerse a los animales porque también ustedes, todos nosotros, somos animales: como los cerdos, como las vacas, con sangre roja con hemoglobina que lleva el oxígeno al corazón y un sistema nervioso por el que sentimos la sed, el hambre, el miedo, la angustia y el horror a la muerte como ellos cuando los llevan al matadero, donde los van a acuchillar.
A mí primero me decían que era un amargado. Pero como vieron que mientras más me lo decían más feliz me hacían se cambiaron al cuento de la cantaleta: que lo que yo digo es cantaleta. Ya van siendo bastanticos en este país los que me odian, entre los cuales sobresalen dos que me detestan: un hippie viejo nadaísta que escribe en El Tiempo y un huerfanito que escribe en El Espectador. El hippie viejo está convencido de que a él también le dieron el premio Rómulo Gallegos. Y el huerfanito prometió en carta pública no volver a poner un pie en España si nos ponían visa a los colombianos. Nos la pusieron y cumplió: no puso un pie: los puso ambos. ¿Cantaleta? Esto lo que es es un memorial de agravios.
Y dicen los clérigos del cristianismo –curas, pastores y popes– que Dios es amor y que Cristo nos ama. ¿Y los terremotos, los maremotos, las hambrunas, las sequías, las heladas, los tornados, la enfermedad, la vejez, la muerte, el volcán de Armero? ¡Qué tal que no que no fueran amor y que no nos amaran, cómo nos iría!
Dice el credo: “Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la Tierra, y en Jesucristo su Único Hijo”. ¿Oyeron bien? Dijo “único”, no dijo dos, ni tres, ni cuatro, ni cinco, ni diez, ni diez millones. Único. Pero dice el padrenuestro: “Padre nuestro que estás en los cielos”. “Nuestro” es plural, hasta donde yo sepa, no singular. Entonces en qué quedamos: ¿Tuvo un hijo, o tuvo muchos? El Padre Eterno tuvo más hijos que un costeño suelto preñando viejas. Así que me van respetando, nadaístas viejos y huerfanitos, hijueputicas, porque yo también soy hijo de Dios.
Pues este Padre desnaturalizado mandó a su Hijo Único a la Tierra a que se lo crucificaran y se lo mataran dizque para redimirnos. Dos mil años han pasado desde la supuesta redención y miren cómo estamos: con uno, dos, tres, cuatro millones de exiliados; cinco, seis, siete millones de desplazados; ocho, nueve, diez, quince millones de desocupados... La redención del Hijo sirvió para un carajo. El hombre está perdido, no tiene redención: va rumbo a la muerte, de vuelta a la nada.
Nadie puede probar la existencia de Dios, los curas no encuentran la forma. Dicen entonces que es cuestión de fe, de creer. Ah sí, ¿entonces si usted cree que hay una montaña de diamante en Marte yo también tengo que creer o si no me manda quemar en la hoguera de la Santa Inquisición? Al que afirma la existencia de algo le toca la carga de la prueba. Y si no hay Padre no hay Hijo. Padre sin hijo es una aberración ontológica. No hay Hijo. Lo que sí hay es Cristos. Muchos Cristos, veinte o más. Y ni uno solo real, histórico, todos mitológicos, ficticios, falsos, fabulados, inventados. Y todos inventados después del año 100, no hay ninguno de antes. No hay mención en ningún texto anterior al año 100 de las palabras Cristo y cristiano. Cristo sí está en las Antigüedades judaicasdel historiador judío Flavio Josefo, quien las escribió en griego por el año 90, pero mencionado en un solo un párrafo, el que se conoce como el Testimonium flavianum. Pues bien, las Antigüedades judaicas, escritas en veinte libros o rollos de pergamino y con cientos de personajes históricos, reales, solo tiene ese párrafo dedicado al redentor de la humanidad. El párrafo es espurio. Fue interpolado, agregado, y apareció por primera vez citado en la Historia eclesiástica de Eusebio, el primer historiador de la Iglesia, escrita entre los años 312 y 324. Orígenes, el más grande erudito cristiano de la antigüedad, muerto por el año 254, o sea antes de Eusebio, y quien conoció el libro de Flavio Josefo pues lo cita repetidas veces en sus escritos, no menciona el párrafo en cuestión, siendo así que para un cristiano, y padre de la Iglesia por añadidura, sería la gran prueba de la existencia terrenal del fundador de su religión. Otros escritores cristianos anteriores o posteriores a Orígenes y a Eusebio y que como ellos escribieron en griego (la lengua en que están escritos los 27 textos del Nuevo Testamento) y que tampoco conocen el Testimonium flavianum, pero que citan a Flavio Josefo, son Clemente de Alejandría, muerto en el 215; Juan Crisóstomo, muerto en el 407; y el patriarca de Constantinopla Focio, muerto en el 891 y a su vez el más grande erudito cristiano de su tiempo. ¿Por qué ellos tampoco lo conocen? Porque en la línea genealógica de manuscritos de las Antigüedades judaicas, que se bifurca tras la incorporación del pasaje por Eusebio o por un falsificador contemporáneo suyo, este pasaje, el llamado Testimonium flavianum, no está incluido en la serie original, la no adulterada.
Por lo demás Orígenes es el más grande genio del cristianismo: él fue el que inventó la fórmula para justificar todas las inconsecuencias, incongruencias, contradicciones, inmoralidades y estupideces de las Sagradas Escrituras (casi tantas como sus versículos): las explicaba en sentido figurado, como alegorías, misterios o paradojas y problema resuelto. Pregúntenle a un cura o a un pastor protestante por qué dice la Biblia que Yavé o Jehová o Eloím o como lo llamen creó el mundo y la vida en seis días, siendo así que hoy sabemos que se requirieron miles de millones de años, y responden: “Ah, es que eso era una forma metafórica de los antiguos para decirlo, ellos no hablaban ni pensaban como nosotros”.
Dice el Evangelio de san Lucas: “Fuego he venido a traer sobre la tierra, y qué quiero sino que arda? ¿Pensáis que he venido a traer la paz? No, sino la división. Pues desde ahora habrá cinco en una casa divididos: tres contra dos y dos contra tres. Se dividirán el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nueva contra la suegra”. Pues el que habla es Cristo. Cristo vino a la Tierra como los Vallejo Rendón en¡Llegaron!, a acabar hasta con el nido de la perra.
Y oigan la maravilla de explicación que dan de semejante monstruosidad de pasaje los del Opus Dei en su edición del Nuevo Testamento: “El fuego expresa frecuentemente en la Biblia el amor ardiente de Dios por los hombres. Con las palabras que nos transmite san Lucas, Jesucristo revela las ansias incontenibles de dar su vida por amor. Para que caminemos por una nueva vida los cristianos hemos de ser fuego que encienda, como Jesús encendió a sus discípulos”. Pirómanos, secuaces del estafador de viudas José María Escrivá de Balaguer, ¿les molesta el sentido literal de un pasaje de la Biblia? Pues lo interpretan en sentido figurado, como Orígenes, y santo remedio.
Orígenes, que inventaste la metáfora como explicación de la inmoralidad y la estulticia, desde aquí te canonizo. Y ya llevo dos. Yo soy el que canonizó a Cuervo, san Rufino José Cuervo, y lo erigió patrono de Colombia. Y dejen que se me suelte la mano canonizadora y van a ver cuántos santos le doy a esta patria amada. San Rufino José Cuervo es el santo patrono de los gramáticos, ¿y san Orígenes de quiénes va a ser? De los estafadores.
Pregunta: ¿quiénes son más estafadores, los curas católicos o los pastores protestantes? Respuesta: el más grande estafador que ha parido la tierra en su vesania es el cura de la iglesia de la Consolata, de Medellín, Colombia, vecina de la casa nuestra, de la que después de trabajar toda una vida nos dejó de herencia en el barrio de Laureles mi papá, el bobo honrado. Cuando se estaba muriendo mi mamá, la viuda, empezó a visitarla el tonsurado de la Consolata para practicar con ella la obra de misericordia del cristiano de ayudar a bien morir al moribundo. ¿A bien morir al moribundo? ¡A que le escriturara la casa! Donde no llegue a tiempo mi hermano Carlos, que lo agarró con las escrituras y el bolígrafo en la mano, habríamos quedado los veinte hijos durmiendo a la intemperie.
A Carlos no hay que presentarlo aquí porque ya todos lo conocen. Salvo que no hayan leído Mi hermano el alcalde. ¿No lo han leído? Está buenísimo. Pásense por el stand de Alfaguara, que ahí lo compran por veinte pesos. Carlos Vallejo fue además el que me reconstruyó a Casablanca, la deCasablanca la bella, una casita vieja en ruinas que compré en el mencionado barrio de Laureles, con dos cuartos con baño, por la que el gobierno me cobra impuesto a la riqueza. ¡Cómo no voy a estar rico yo con esta infinidad de ediciones pirateadas! Soy un best seller de la piratería nacional. “Maestro, no corra, espérese –me gritó el otro día un vendedor callejero de libros piratas en el centro de Medellín–, no sabe lo agradecido que vivo con usted y lo mucho que lo quiero. Con la platica que me saqué el año pasado vendiendo La puta de Babilonia me fui a Tolú a conocer el mar. Pasé dichoso. Cuídese mucho. Que la Virgen me lo acompañe”. Y después dicen que soy un amargado. ¡Cómo va a ser, por Dios, un amargado uno del que está enamorado el pirata Morgan!
Vuelvo a los veinte Cristos. Aquí les van: el Cristo de los elkesaítas, el Cristo de los ebionitas, el Cristo de los ofitas, el Cristo de los nazarenos, el Cristo de los adopcionistas, el de los docetistas, el de los judaizantes, el de los gnósticos, el de los simonianos, el de los valentinianos, el de los harpocracianos, el de Basílides, el de Cerinto, el de Carpócrates, el de Marción... Más los tres del Nuevo Testamento que son los que han quedado, refundidos en uno solo, el de los católicos, los protestantes y los ortodoxos de hoy, con el que hoy siguen estafando curas, pastores y popes: uno, el Cristo de los evangelios de san Mateo, san Lucas y san Marcos; dos, el Cristo del evangelio de san Juan; y tres, el Cristo de las catorce epístolas de san Pablo. Lo que hoy entendemos por Cristo es pues el sancocho de tres Cristos. Si leen el Nuevo Testamento con el alma abierta, desprevenida, sin prejuzgar, verán que en él hay tres y no uno.
El que diga que Cristo existió, entendiendo por Cristo uno histórico, de carne y hueso, real, no un ser mitológico, fabulado, inventado, me lo tiene que probar con documentos en la mano: con la partida de nacimiento del ciudadano en cuestión, Christus Filius Dei, Cristo Hijo de Dios, súbdito del emperador Augusto, firmada por el rey Herodes, y autenticada la firma de Herodes por el procurador romano Poncio Pilatos.
Y así como no hubo ningún Cristo, tampoco hubo ningún san Mateo, ni ningún san Lucas, ni ningún san Juan, ni ningún san Pablo, ni ningún san Marcos, ni ningún san Pedro. De suerte que me les van quitando el santo a esas entelequias vaporosas, a esos engendros de la mentira. Los cuatro evangelios, los Hechos de los Apóstoles, el Apocalipsis y las epístolas de Pablo y Pedro y compañía, que constituyen el Nuevo Testamento, los escribieron muchos, pero muchos es muchos, y en prueba los papiros y pergaminos que quedan: fragmentos de un texto, fragmentos de otro, con una variante aquí unos, con otra variante allá otros, con variantes cuando menos en la tercera parte de la totalidad de los versículos, y todos estos papiros y pergaminos posteriores al año 200. ¡Y eso dizque es la palabra de Dios! Dios, ya lo dije, no puede hablar porque el lenguaje es sucesivo y Él es simultáneo, y las palabras cambian en sus sonidos y en sus significados, y lo que nos dice una palabra a los hombres de hoy puede ser lo contrario de lo que les dijo a los del pasado o de lo que les dirá a los del futuro. Dios no puede confiar su palabra a las deleznables lenguas humanas; al hebreo, por ejemplo, en que está escrita la Biblia hebrea o Antiguo Testamento y que dejó de ser lengua hablada por la época del cautiverio del pueblo judío en Babilonia, en el siglo V antes de nuestra era, para quedar sólo como lengua escrita; o al griego que se hablaba en la cuenca del Mediterráneo en el siglo II de nuestra era, en el que están escritos los evangelios y demás textos del Nuevo Testamento, y que es distintísimo al que hoy se habla en Grecia.
Tengo en mi casa la edición en griego del Nuevo Testamento de Kurt Aland y colaboradores publicada por las Sociedades Bíblicas Unidas, un prodigio de la filología, con notas a pie de página de las distintas variantes de cada versículo según los diferentes papiros y pergaminos de los primeros tiempos del cristianismo, y me quedo perplejo de la estupidez y la capacidad de dejarse engañar del ser humano por lo que le dicen unos estafadores ensotanados. ¿Cuáles de todas las variantes que hay cuando menos en la tercera parte de la totalidad de los versículos del Nuevo Testamento corresponde a la palabra de Dios? Y así no cambiaran las lenguas, si Dios no confía su palabra a la escritura, se la lleva el viento. ¿Y si la confía? Si por mano de sus amanuenses o por mano propia Dios la escribe sobre unas piedras, como las Tablas de la Ley que le entregó en el monte Sinaí a Moisés entre rayos y centellas, ¿dónde están esas tablas, dónde están esas piedras? A las piedras las deshace el viento, mi señor don viento que acabará por desintegrar las pirámides de Egipto. Y si Dios las escribe sobre el hierro, las corroerá la lluvia y las volverá herrumbre. Sobre el agua de un río, tal vez, por lo quieta... No puede haber palabra de Dios, no jodan más con ese cuento. No hay Sagradas Escrituras, lo que hay es una colección de inmoralidades y estupideces para consumo de inmorales y estúpidos.
A los cuatro evangelios del Nuevo Testamento la Iglesia los llama canónicos, o sea auténticos, dictados por Dios, para distinguirlos del montón de evangelios apócrifos, o sea no dictados por Él. E igual pasa con los Hechos de los Apóstoles y con el Apocalipsis, de los que hay varios. ¿Y quién decidió cuáles de los múltiples evangelios y Hechos de los Apóstoles y Apocalipsis eran los dictados por Dios y cuáles no, cuáles eran los canónicos y cuáles los apócrifos? Lo decidió el Tercer Concilio de Cartago en el año 397, el cual declaró asimismo como canónicas las catorce epístolas atribuidas a Pablo y siete más atribuidas a Pedro, Santiago, Juan y Judas Tadeo, escogidas entre los miles de cartas o epístolas del cristianismo primitivo. ¿Y los cristianos de los cuatro siglos anteriores al Tercer Concilio de Cartago cómo sabían qué era lo dictado por Dios y qué no? Y los paganos que vivieron antes de Cristo, los del largo pasado de la humanidad, a los que no les tocó la redención, ¿dónde están hoy, en el cielo o en el infierno? Hasta mi juventud estaban en el limbo, pero alias Benedicto XVI, durante su pontificado, borró el limbo de un plumazo. Y ahora resulta que alias Francisco, para no quedarse atrás y hacerse el bueno, dice que no hay infierno. Miente. ¡Claro que lo hay, si estamos en él, si esa es la obra de Dios, la de su Infinita Maldad! El universo entero es el infierno.
Hoy, por primera vez en el mundo, hay niños y jóvenes que quieren a los animales y que no sólo no se los comen sino que no consumen lo que ellos producen como la leche, los huevos y la miel, y que usan zapatos de caucho porque son veganos, o sea más nobles que los vegetarianos, y lo son no por razones de salud sino por las más elevadas razones que pueda haber, las morales. En los milenios que registra la Historia encuentro muy pocos hombres (nunca niños) que quisieran y defendieran a los animales, y los cuento con los dedos de una mano. Antes de Cristo, Mahavira, contemporáneo de Buda y quien fundó en la India los primeros asilos para animales viejos y enfermos. Apolonio de Tiana, contemporáneo de Cristo, y que era vegano. Y después de Cristo, el filósofo neoplatónico Porfirio, que vivió entre el 232 y el 304 y del que nos quedan fragmentos de su libro Contra los cristianos (Kata christianon en griego), el segundo gran libro contra la nueva plaga que se abatía sobre la humanidad, siendo el primero La palabra verdadera (Aletes logos en griego) de Celso, escrito a fines del reinado del emperador Marco Aurelio y comienzos del de Cómodo, por el año 180. Ambos libros, el de Porfirio y el de Celso, están escritos en griego, el idioma del cristianismo primitivo, que no fue el latín, como muchos despistados de hoy pueden creer. El latín desplazó al griego como lengua de la Iglesia tiempo después de Celso y Porfirio, y sólo en Occidente, no en el Oriente bizantino, y siguió siendo la lengua de la Iglesia hasta hace poco, hasta el Concilio Vaticano II. Alias Benedicto XVI todavía sabe latín, no así alias Francisco, que habla en italiano, en un italiano de cocina, macarrónico como el latín de sus antecesores. ¿Por qué mejor no habrá puesto este farsante un restaurante? Un restaurante argentino de pasta asciuta...
“Essere cattolici non significa fare figli come conigli”. Que no se reproduzcan como conejos, dice. ¿Y la encíclica Humanae vitae de alias Pablo VI qué? ¿No prohibía esta encíclica el sexo por fuera del matrimonio, estipulando además que sólo se podía practicar en los días fértiles de la mujer? ¿Y los 130 viajes de alias Juan Pablo II por los cinco continentes predicando contra el preservativo y el control natal, esos qué? Durante los 26 años del pontificado de este polaco simulador y dañino se le sumaron a la humanidad dos mil doscientos millones, vale decir lo que se había tardado en alcanzar desde que el hombre bajó del árbol hasta 1930, reinando alias Pío XI, y no hubo causante mayor de tan criminal aumento de la población que la prédica irresponsable de ese ensotanado diabólico azuzando la paridera. Las calles atestadas, las carreteras atestadas, los aeropuertos atestados, las cárceles atestadas, los hospitales atestados, los polos derritiéndose, los ríos convertidos en cloacas y el mar en un desaguadero de cloacas... El inmenso desastre ecológico en que vivimos tiene una causa clara, el aumento incontrolado de la población humana, y un causante principal, el tartufo polaco. Alimaña más dañina no ha conocido la Historia, por sobre Atila, Hitler, Stalin, Mao, Pol Pot... Y ahora viene alias Francisco y lo canoniza. Ché Bergoglio, sos un desvergonzado.
Un libro más de Porfirio que me llega al corazón: Sobre la abstinencia de carne. Este solo título encierra para mí una moral más elevada y más bondad que lo que hubiera dicho de noble Cristo. Porfirio fue un gran hombre, grande de verdad. El Cristo triple del Nuevo Testamento era un loco rabioso que expulsaba a los mercaderes del templo porque estaban buscando allí el sustento. ¿Si no quería que trabajaran, por qué su papá, el Padre Eterno, no los hizo ricos? Y el Cristo de los evangelios insultaba con nombres de animales. “Serpientes, raza de víboras –les dice a los fariseos en el Evangelio de san Mateo–, ¿cómo podréis escapar de la condenación del infierno?”. Y le mandaba decir a Herodes Antipas, en el Evangelio de san Lucas: “Id y decidle a ese zorro que yo curo enfermos y expulso demonios y al tercer día acabo”. Y en el Evangelio de san Mateo a unos endemoniados de la región de los gadarenos les sacaba los demonios y los hacía entrar en una piara de cerdos, “que enloquecidos corrieron a arrojarse al mar, donde perecieron”. El Hijo de Dios, el paradigma de lo humano, el ejemplo que todos debemos seguir, insultando con nombres de animales como cualquier Fidel Castro, y haciendo arrojarse al mar a unos inocentes y desventurados animales... Con razón el 24 de diciembre, en este matadero de Colombia, acuchillamos a los marranos para celebrar la venida al mundo del Niño Dios.
Los zorros y los cerdos tienen un sistema nervioso complejo como nosotros, por el que sienten el hambre, la sed, el miedo y el terror a la muerte como nosotros. Hay que acabar con las carnicerías, los mataderos, la ganadería, la industria porcina, la industria avícola y la inicua Iglesia de Cristo. No más carniceros ni matarifes ni más asesinos de animales sobre la Tierra. Amo a los zorros, amo a las culebras, amo a los cerdos, amo a los caballos, amo a las vacas, los animales son mis hermanos, mi prójimo, mis compañeros en el dolor de la vida y en el horror de la muerte. Miserable Iglesia cristiana, despiadada y cruel, que tras dos milenios que llevas engañando ni siquiera los has visto. Que san Francisco de Asís... Un hippie hijo de rico que se fue a andar mundo todo andrajoso y sucio y que decía “hermano lobo”, cosa que lo ennoblece, pero que también decía “hermano Sol y hermana Luna”, como cualquier hippie nadaísta marihuano. ¡Cómo van a ser unos cuerpos inertes y monstruosos nuestros hermanos! Y en el reglamento de la orden que fundó prohibía comer carne, ¡pero sólo las fiestas de guardar! A san Francisco de Asís le sobra también el santo, váyanselo quitando.
El cristianismo nos pone desde que nacemos una venda en los ojos que nos impide ver a los animales como nuestro prójimo: la venda moral. Yo me tardé media vida en quitármela porque nadie me dijo lo que les estoy diciendo ahora. Espero que se la quiten también ustedes. Los animales, todos, son inocentes, entre ellos no hay hijueputas, sólo entre los seres humanos. Y me quedé corto cuando les dije a ustedes que no tuvieran hijos si no tenían con qué mantenerlos. No. No tengan hijos. Nadie tiene derecho a imponerle al que no existe la carga de la vida y la carga de la muerte. ¿Por qué sacarnos de la nada, si tenemos que volver a ella? ¿Porque así lo dicta la naturaleza? ¿Y para qué? ¿Para cumplir acaso el plan creador de Dios? La naturaleza es cruel y despiadada, y el plan creador de Dios está más fracasado que el quinquenal del partido comunista.
El cristianismo ha perseguido a los judíos desde que ascendió al poder, en el año 312, cuando se subió al carro del triunfo del emperador Constantino, un genocida, y a partir de entonces hasta ahora, acusándolos de haber matado a Cristo, uno que no existió. E igual los ha perseguido el mahometismo (esa otra empresa criminal que se llama a sí misma pomposamente el Islam) porque no se le sometieron en Medina y en La Meca a Mahoma, quien a diferencia de Cristo sí existió, y fue un asaltante de caravanas, esclavista, contratador de esbirros y estuprador de niñas, inventor de la yihad o guerra santa, vil y dañino hasta el tope. Sin embargo, pese a su odio por los judíos, el cristianismo se apropió de toda su Biblia y la bautizó Antiguo Testamento, y el mahometismo se apropió de sus cinco primeros libros, los que se conocen como el Pentateuco o la Torá. El tercer libro del Pentateuco, el Levítico, trata de los sacrificios de animales a Yavé, quien “se apaciguaba con el olor de la carne asada”, y lo comparten pues las tres religiones semíticas. Libro más infame no se ha escrito. ¡El creador del mundo oliendo carne asada para calmar la arrechera! Por eso la mitad de la humanidad, tres mil quinientos millones (a saber dos mil millones de cristianos y mil quinientos millones de musulmanes más unos cuantos millones de judíos), se siente bendecida por Dios para comerse a su otro prójimo. No conozco mayor descaro que llamar civilización judeo-cristiana a Europa y América, donde las iglesias y las sinagogas jamás, pero jamás es jamás, han condenado los mataderos. Barbarie judeo-cristiana querrán decir. ¡Cómo va a ser civilizado un carnívoro! No logro imaginar una imagen más repulsiva que un papa o una mujer embarazada comiéndose un filete sanguinolento, con la sangre chorreándoseles de las fauces.
No tener aquí a alias Francisco para que debatiera conmigo en esta Feria lo que digo. O en un seminario católico o en un congreso apostólico, como le pedí en Buenos Aires por conducto de los periodistas que me entrevistaron allí en el año 2007, cuando fui a promover La puta de Babilonia(expresión del Apocalipsis, no mía), y cuando el lavapatas de hoy todavía no era el papa de Roma sino un oscuro cardenal de un país lejano.
Y no estar aquí el cavernícola Ordóñez para que me metiera preso por insultos a la religión, como ya intentó por un artículo que escribí en la revista Soho sobre los evangelios: me demandó, le gané el pleito y le zampé de postre La puta de Babilonia. ¿Por qué no me ha demandado por ella? Por lo demás él es de buena familia, hijo de una artista plástica: su mamá pintaba bisontes en las cuevas de Altamira y de Lascaux.
Harto de tanto incienso (que produce cáncer de pulmón), alias Benedicto XVI colgó el báculo y la mitra para terminar de papa emérito. Pues mi mamá también fue emérita, madre emérita. Cuando yo era un niño y ella iba por los diez hijos, alias Pío XII, el del dogma de la Asunción, le mandó un diploma felicitándola por los soldados que había traído al mundo para engrosar los ejércitos de Cristo. Aquí me tienen hoy a mí de abanderado, enarbolando el estandarte de los ejércitos del loquito. Un vecino nuestro del barrio de Boston nos compró el diploma en la Via della Conciliazione, la calle de la simonía que desemboca en la plaza de San Pedro y que está llena (o estaba, ya no sé) de almacencitos de artículos religiosos donde vendían estampitas de san Juan Bosco con su Domingo Savio, astillas de la cruz de Cristo, trocitos de la túnica de Santa Teresita de Jesús, sangre menstrual de la Virgen... Las indulgencias las venden en dos presentaciones: temporales y plenarias. Las temporales sirven para dos, tres, cuatro, cinco años, según lo que pague el bobo. Las plenarias, para toda la vida, sin fecha de caducidad. Le voy a preguntar a mi hermano Carlos, gran coleccionador de santos viejos, a ver si conserva el diploma para que me lo dé y lo instalo en la sala de Casablanca, en la pared donde tengo entronizado al Corazón de Jesús. A la entrada, arriba, escondido en una viga del techo para que no me lo roben, tengo un cromo de la Sagrada Familia, buenísima para ahuyentar ladrones. A ver si encuentro un santo que me proteja de los desechables, que escogieron mi antejardín para hacer sus necesidades entre las matas. ¡Qué difícil es ser propietario en Colombia, qué envidia me dan los pobres, mejor no tener uno nada! La Iglesia por azuzar la paridera y el Estado por no controlarla produjeron los desechables. Conclusión: la Iglesia y el Estado se están cagando en mi casa.
Y hay más. Con sus trabas, con sus jodas y sus impuestos el gobierno nos quebró la empresita familiar: “Demoliciones Vallejo”.
Expresado en los sucesivos gobiernos, el Estado tiene como función esencial y razón de existir la de regular el orden y proteger la vida y los bienes de los ciudadanos. Nunca, por lo tanto, ha existido el Estado en Colombia: solo gobiernos, cada vez más atropelladores y rapaces. En Medellín las bandas criminales o BACRIM extorsionan por dondequiera, en los barrios pobres y en los barrios ricos. En las escaleras eléctricas de las comunas cobran peaje y en El Poblado les están cobrando cuotas mensuales a los apartamentos de los edificios de los ricos, sin que las autoridades se den por enteradas, ni de lo uno ni de lo otro ni de nada. A lo largo y ancho de Colombia, en las ciudades y en el campo, el que quiera, a cualquier hora del día o de la noche, atropella a sus vecinos con sus equipos de sonido. ¿Y qué hacen las autoridades para callarlos? ¡Y voy a pedir ahora en esta Feria que clausuren las imprentas piratas! Por las múltiples denuncias de la Cámara Colombiana del Libro el gobierno sabe muy bien cuáles son y dónde están. ¿Por qué entonces no las cierra?
Para volver a lo trascendental, solo puede haber una moral, una sola verdadera, válida para todos los hombres, de todos los lugares y de todos los tiempos, pero no la ha conocido la humanidad. El judaísmo, el cristianismo y el mahometismo, las religiones semíticas, impiden que aparezca. No sé cuáles mandamientos deba tener esa moral que digo, pero creo haber encontrado la piedra angular para construirla: “Todo el que tenga un sistema nervioso complejo por el que sienta el dolor es mi prójimo”. Con todo y los catorce satélites artificiales que orbitan la Tierra de su Sistema de Posicionamiento Global, la humanidad va al garete. Le falta lo esencial, la moral. Por supuesto que solo el hombre puede tener una moral, pero la moral no tiene por qué incluirlo solo a él. Quedan incluidas pues en mi religión las ratas, a las que san Martín de Porres, el peruano, también quería. Él sí fue un verdadero santo, no sé qué andaba haciendo en el cristianismo, se equivocó de puerta. ¡Moral cristiana! Inmoralidad cristiana, querrán decir. Y cuando oigo que a alguien lo califican de “buen cristiano” traduzco de inmediato: o sea malo.
Santos: en la Historia de Colombia vas a quedar en una foto que te tomaron el 23 de septiembre pasado en La Habana, cruzando tu mano con la de Timochenko por mediación de la de Raúl Castro, quien aparece en medio. Timochenko es un criminal y Raúl Castro otro, el hermano y cómplice de Fidel, el carcelero de Cuba, el ser más vil y dañino que haya parido América. Acabas de pedirle al Congreso autorización para endeudarte en doce mil millones de dólares, para sumárselos a los que ya nos has cargado como deuda nacional, y vendiste a Isagén. ¿No te alcanzan las remesas que te mandamos los colombianos expatriados para tu mermelada? ¿Y qué fue de tu potencia emergente? Esto lo que sí es es una potencia exportadora: de colombianos. A mí me exportó hace cincuenta años, cuando a los que nos íbamos nos cobraban en el aeropuerto, al salir, un impuesto de ausentismo, como si fuéramos unos traidores a la patria que se marchaban por su gusto. Y cobraban también entonces un impuesto de soltería. ¿Un impuesto de soltería en el país de la paridera que ya va en cuarenta y ocho millones? Hoy estarás de plácemes, Santos, porque nos quitaron la visa para entrar a Europa a los colombianos. Claro, para que nos quedemos allá trabajando de ilegales y te mandemos dólares, y ni se diga ahora que se te cayó el petróleo, para tu mafia. Uribe y Santos: ¿para qué los tratados de libre comercio que han firmado, si lo que exporta Colombia no necesita tratados? Los colombianos nos vamos solos, con tratado o sin tratado, de legales o de ilegales, a lo que venga.
Por 1960 cuando yo era un muchacho, y durante varios años antes y varios después, Colombia encabezaba las estadísticas internacionales del delito como el país más asesino del planeta, con 40 asesinados por cien mil habitantes, que es como se mide el asesinato, frente al dos por cien mil del país que le seguía. Recuerdo las cifras vívidamente, como una herida profunda que no se cierra, y de las que aquí nadie hablaba porque Colombia tiene la perversión de creer que lo grave no es matar sino que se diga. A mí me ha atropellado cuantas veces ha podido. Yo estoy entre los millones de sus hijos que esta mala patria exportó. De muchacho me tuve que ir (pagando, por supuesto, el impuesto de ausentismo y el de soltería por traición) y la mayor parte de mi vida la he pasado afuera, pero como soy de una extravagancia rabiosa, volviendo siempre, una y otra y otra vez, como ahora, tercamente, obtusamente, esperando a ver cuándo me mata. Entonces vendrá la Muerte y mi abuela Raquel y mis perras Argia, Bruja, Kim y Quina, a quienes más he querido y que ya no están, se me borrarán del alma y se me borrará el alma y volveré a la Nada de la que un día ya lejano tan injustamente me sacaron, a la Nada de Dios, quien a su vez es Nada, Nada al cuadrado, menos que Nada.
Y tu vicepresidente, Santos, haciéndoles casita a los pobres con la plata de los que pagamos impuestos, como punta de lanza de su solapada campaña a la presidencia. A los pobres, Vargas, hay que darles la oportunidad de que trabajen para que consigan con qué hacer la casa, no la casa. Lleras tenías que ser de segundo apellido, mamón de la teta pública por imposición de la sangre. Mendigos de votos de esta cleptocracia demagoga que llaman democracia: han sumido a Colombia en la abyección mendicante. Y lo que ustedes llaman justicia social se reduce a esto: atracar a unos para envilecer a otros.
Pastranita el locutor, hijo del presidente Pastrana. Santos el actual, sobrino nieto de otro presidente Santos. Simoncito Gaviria, hijo del presidente César Gaviria, mamando del presupuesto desde la cuna, pegado de la ubre pública por la fuerza del ancestro. No lo destetan ni jalándolo con un tractor. O a los huérfanos de Galán, hijos de su insaciable padre quien después de pegarse de las que pudo murió soñando con la presidencia, la teta más lactífera. Dizque “magnicidio” que lo mataran... Aquí llaman grande a lo chiquito. ¡Exagerados! ¡Garcías Márquez!
Noticia del sitio Terra de Internet del 22 de enero de este año: “Un perro antiexplosivos del Ejército murió al evitar que 30 soldados que acompañaba fueran víctimas de una mina antipersonas en una zona rural del municipio de Suárez, en Cauca”. ¡Cúanto no me habría gustado que en vez del perro los que hubieran volado con la mina fueran tus hijos, Santos, o los de Uribe, o Timochenko, o Romaña, o Iván Márquez y demás cabecillas de las FARC que mandan burros cargados de dinamita a volar los puestos de la policía, o el general Naranjo, aspirante a la presidencia y exministro para el postconflicto, o el actual ministro. ¿Estos son los que van a desminar? Estos no. Que desminen los pobres animales y los muchachos del pueblo que reclutan como soldados.
Raquel Pizano, abuela, te evoco ahora, en esta Feria para recordar que de valorización en valorización y de predial en predial te sacaron de tu finca Santa Anita a que te fueras a morir en una pobre casa alquilada. ¡Con todo lo que trabajó el abuelo! Aquí llaman valorización a las devaluaciones del peso. Aquí nos valorizan devaluándonos, y valorizados como quedamos nos suben los prediales. Aquí lo atracan y extorsionan a uno por un lado las BACRIM y los atracadores de la calle, y por el otro los atracadores del gobierno, municipal, departamental o nacional, que se sienten buenos ciudadanos.
Y cuando ya creía yo que íbamos a salir por fin de la peste de la Iglesia católica nos cae la peste de las sectas protestantes. De ningún mal lograremos salvarnos. En Colombia los males nuevos llegan para sumarse a los de antes y quedarse, como una nueva capa de mugre se les suma a las viejas.
Concejales de los concejos municipales; diputados de las asambleas departamentales; senadores y representantes del Congreso; magistrados de las cortes Constitucional y Suprema de Justicia y del Consejo de Estado: ¿para qué queremos más leyes, si no se cumplen? ¿Para qué aprobamos una constitución millones de colombianos, si nueve leguleyos deciden por nosotros cuál es el capricho de la puta? Corte constitucional: 9 magistrados; Consejo de Estado: 31 magistrados; Corte Suprema de Justicia: 29 magistrados. Pagados todos con la plata nuestra porque más produce una vaca en Caucasia que los mamones de la teta pública. El Estado colombiano se compone de zánganos, corruptos y alimañas. No hacen ni dejan hacer, no rajan ni prestan el hacha, atropellan y atracan. Y los del Cuarto Poder, los de la prensa escrita, cacareada o televisada: vendidos, prostituidos, arrodillados. El Poder Legislativo sobra, el Poder Judicial sobra, el Cuarto Poder sobra. Sobran porque el Ejecutivo los compra a todos. Compra desde un hacker hasta una reelección inmediata. La división de poderes es una marihuanada de Montesquieu, que se le ocurrió bajo la monarquía absolutista de Luis XIV y Luis XV, pero que venía arrastrándose desde milenios atrás, desde que el demagogo Pericles inventó la democracia. ¿Y el Ejecutivo? Sobra también porque es el corruptor corrupto. ¿Entonces lo que usted quiere es la anarquía? me preguntarán. Yo lo que quiero es morirme para que me canonicen y empezar a hacer milagros.
Gaviria: llegaste a la presidencia pasando sobre un cadáver y permitiste que Pablo Escobar nos bombardeara a Medellín y a Bogotá y matara a cientos de policías y jueces, y que construyera su cárcel privada, “La Catedral”, desde donde siguió delinquiendo y matando y donde te metió preso a tu viceministro de Justicia. Y con los cuatro mil millones de dólares que te entraron por “la ventanilla siniestra”, producto del narcotráfico, abriste las importaciones dándole el golpe de gracia a la industria colombiana, que ya tenía asolada el contrabando, que no controlabas, y sin haber construido una calle ni tapado un hueco llenaste el país de carros y lo embotellaste y de paso nuestro destino.
Pastrana: de candidato fuiste a los Llanos a abrazar a Tirofijo para ganar las elecciones, y de presidente le entregaste el Caguán desde donde, protegidos y a salvo, los criminales de las FARC pudieran atacarnos. En el 2000, bajo tu gobierno, las FARC ya estaban en La Calera, a las puertas de Bogotá, y si no se tomaron esto fue porque los monstruos de los paramilitares los contuvieron.
Cura Uribe, al que el Espíritu Santo salvó dos veces de las FARC y que chuzabas teléfonos y comprabas congresistas per interposita persona para que te aprobaran tu reelección inmediata pues no solías dar la cara: ocho años tuviste y miles de millones de dólares que te dieron los Estados Unidos para vencer a las FARC, a lo que le dedicaste todos tus esfuerzos mientras el país se derrumbaba. ¡Qué las ibas a acabar, cómo ibas a matar a tu gallinita de los huevos de oro, la gallinita reelectora! Ya ibas para tu segunda reelección y tu tercer mandato viento en popa pero no se te hizo porque otros avorazados de poder como tú te lo impidieron.
¿Cuántos millones se le sumaron a la población de Colombia durante tus ocho años? Tres, cuatro millones que ya empiezan a sumársele a nuestro desempleo monstruoso. Tu hijo putativo, tu Uribito, a través de quien pensabas seguir mangoneando, hoy anda prófugo de la justicia en los Estados Unidos. No bien subió el que designaste en su lugar y te traicionó. Ya va el asunto para ocho años en que te quita el sueño, pero te vas amansando. La otra noche te oí en televisión muy quejumbroso refiriéndote a él como “el presidente Santos”. ¡Ay, tan mansito que se puso el machito alfa dominante! Será tu presidente, vos que lo pusiste y nos lo dejaste de herencia, el mío no, nunca he votado por ninguno de estos sinvergüenzas. Y los paramilitares que reintegraste a la sociedad hoy son los integrantes de las BACRIM. ¿Y por qué extraditaste a sus capos a los Estados Unidos a espaldas del país, de la noche a la mañana, si aquí tenían causas pendientes por los más horrendos crímenes de sangre y en los Estados Unidos solo por narcotráfico? ¡Y al diablo con tu Espíritu Santo y tu Santísima Virgen, que los políticos no tienen por qué andar invocando entelequias extraterrestres como curas!
Santos: estafador que vendes ilusiones, traidor a los que te encumbraron, gesticulador que no respetas el idioma, truhán que cuanto tocas lo degradas, embrollador, embaucador, mentiroso que mientes con el DANE y atracas con la DIAN: te oí decirle en enero en una entrevista de televisión a Patricia Janiot que las reparaciones de las FARC a sus víctimas iban a ser simbólicas, que lo que contaba eran las buenas intenciones. Desvergonzado. Tu paz con los de las FARC no ha sido sino una cortina de humo para ocultar el hundimiento del país. Hoy te pegas de un barco naufragado, mañana te pegarás de una visita de papa. La naufragada es Colombia, y con alias Francisco no cuentes porque este jesuita que se las da de franciscano es más calculador que tú. En cálculo alias Francisco te da sopa y seco. Él se siente papa de todos los colombianos, santistas y uribistas por igual. ¡Qué va a tomar partido por nadie! Tres años lleva la alimaña pontificia reinando y sigue sin repartir las riquezas de la Iglesia entre los pobres, como hizo creer no bien llegó, y sin cerrar el corrupto Banco Vaticano. Nunca las repartirá, nunca lo cerrará. Cuando las oleadas de refugiados del Medio Oriente y de África se volcaban sobre Europa en noviembre pasado, prometió abrirles las puertas del Vaticano.
Acaba de acoger a doce, que se trajo de la isla griega de Lesbos, a la que fue a que lo fotografiaran. Doce, cuando son millones. Bergoglio es más arribista, más oportunista, más mentiroso que Santos. El año entrante vendrá a Colombia a hacerle al cuento de la humildad y a asustar niños. Y el rebaño carnívoro de Colombia, envilecido por políticos y curas, saldrá en masa a que lo bendiga. Yo también bendigo. Mi mano canonizadora también es bendecidora. La izquierda, la de Satanás, porque en asuntos de religión soy zurdo. Por eso mis bendiciones sirven. Levantan muertos, como el Viagra. Las de Francisco son fofas, inconsistentes, flácidas.
Están más devaluadas que el peso colombiano. Con mil de esas no compran ustedes una empanada de iglesia.
—¿Y cuánto cuesta una de esas bendiciones zurdas suyas, padre Vallejo?
—¿Una bien zurda, levantamuertos, bien milagrosa?
—Sí, una levantamuertos.
—Un billetico de cien mil. Por ser Feria del Libro están en promoción. Van con indulgencia plenaria.

Iván Márquez, Timochenko, Romaña: ¿a cuántos han asesinado? ¿A cuántos han secuestrado? ¿A cuántos han extorsionado? ¿Cuántos niños han reclutado? ¿Cuántas torres eléctricas han volado? Con las minas que han sembrado en la tercera parte de los municipios del país han matado a cinco mil y a otros tantos los han dejado lisiados de por vida. ¿Cuántas minas han sembrado? Miles o decenas de miles que seguirán explotando durante años y años, matando y lisiando a inocentes, a campesinos y a animales. No sólo minaron ustedes el presente de Colombia: también nos minaron el futuro. ¿Las van a desactivar ustedes? ¿O van a estar muy ocupados en sus campañas para el senado, la alcaldía de Bogotá y la presidencia de la República? ¡Asesinos! ¡Hijueputas! Y a ti, Santos, que te toque lo que te toque, alcahuete de hijueputas.
Colombianos: a robar, a extorsionar, a secuestrar, a matar, a volar torres eléctricas, a sembrar minas, a dinamitar oleoductos, a traficar con coca, que la impunidad es la reina de Colombia. Ha quedado establecida aquí para lo sucesivo la justicia transicional, la herencia que nos deja el gran bellaco.
*Nota de la redacción: Si va a reproducir este texto, le agradecemos darle crédito al diario El Espectador y, por favor, no lo publique en cursiva, que según el autor “son tan difíciles de leer”.
 

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Tomado de
http://www.elespectador.com/noticias/cultura/colombia-articulo-628768

domingo, 27 de marzo de 2016

La salud mental de los maestros

El sistema educativo parece tener un fallo que pocos están dispuestos a asumir. Si a eso se suma que los maestros han sido llamados a ser los depositarios de eso que se ha dado en llamar la “pedagogía para la paz”, el cuadro no parece alentador. Los factores de riesgo psíquico asociados al trabajo docente son muchos.
El fantasma de la enfermedad mental recorre las aulas de miles de maestros y rectores en Colombia. En la localidad de Kennedy, en Bogotá, por ejemplo, cada dos días un maestro solicita incapacidad por ansiedad, miedo, angustia, entre otros problemas, que no entran en la lógica de los tratamientos de las EPS, que se niegan a incapacitar por problemas psicológicos y que dilatan la posibilidad de remitir a un especialista a quien consulte por estas causas.
Aunque muchos quieran desconocerlo, hoy se libra una batalla en los colegios públicos y privados del país con la idea de padecer trastornos calificados como “de personalidad”. Los maestros, los encargados de orientar a millones de niños y jóvenes, están agotados y sienten que la responsabilidad no puede ser exclusiva de ellos. Se preguntan por qué el Estado y la familia no asumen su cuota en una situación que ya ha sido materia de informes e investigaciones, como las realizadas por la Universidad de los Andes, en 2005; la Universidad del Cauca, en 2010, o la Fundación Luis Amigó, en Medellín.
El sistema educativo parece tener un fallo que pocos están dispuestos a asumir. Si a eso se suma que los maestros han sido llamados a ser los depositarios de eso que se ha dado en llamar la “pedagogía para la paz”, el cuadro no parece alentador. Los factores de riesgo psíquico asociados al trabajo docente son muchos. Aunque dicha labor se considera una actividad sin riesgo aparente, las reiteradas consultas por dolencias de cuello, espalda, gastritis, hipertensión y dolor de espalda por estrés son muy frecuentes. Así se lo dijeron doce rectores de diversos colegios de Bogotá a Arcadia, en una reunión privada que buscaba conocer la realidad de las personas que trabajan en la escuela en una coyuntura como la actual, cuando la educación escolar es la llave que puede aunar el camino para promover, a mediano plazo, un cambio en una sociedad dividida.
El estrés que sufren los rectores de los colegios públicos en Colombia es una bomba de tiempo. Ellos deben solucionar problemas con los maestros, los padres y los estudiantes, responder derechos de petición, ocuparse de labores administrativas y un largo etcétera que se parece a la condena de Sísifo. La amenaza constante de que les abran procesos disciplinarios por no responder a las cientos de peticiones y quejas es latente. Todos los rectores entrevistados por Arcadia coinciden en que de no hacerse nada, de no plantear una verdadera atención en temas de salud mental, el desastre puede ser inminente. Uno de ellos, por ejemplo, tuvo que asistir hace unos meses a un careo con un padrastro violador. La denuncia le ha costado: hoy no se siente seguro de caminar por su barrio, de tomar el bus en la esquina de siempre, de trabajar. Varios también dijeron que de seguir esta situación abandonarán sus puestos, porque se sienten amenazados. Señalados y advertidos de que su trabajo no es ideal, de que los estudiantes se tomarán el colegio, de que los jíbaros rondan sus instituciones y de que, como en cualquier conglomerado humano, las envidias, el rencor y el miedo son moneda corriente.
En los testimonios recogidos, todos hablaban de un malestar psicosocial que nadie está atendiendo. En ninguna Secretaría de Educación, ni en los discursos de los sucesivos ministros y ministras del ramo se menciona la salud mental.Parece que en un país violento, con profundas desigualdades sociales, con polarizaciones brutales, entre muchos otros, nos abstuviéramos de reconocer que no hemos sabido atender necesidades intangibles que ya pasan factura.
Una maestra fue la encargada de buscar a esta revista para denunciar la situación en la que se debaten día tras día. Después de una larga mañana de trabajo, de escuchar testimonios en verdad ominosos, queda la sensación de que son muchos los frentes en los que tendremos que trabajar los colombianos si queremos un país más reflexivo y sereno en el cual quepamos todos. Por ahora, no hay planes para atender a los rectores o maestros, pues la preocupación se ha centrado en la cobertura; en indicadores que dicen que en Bogotá, por solo poner un ejemplo, hay casi una inserción total a la escolaridad, pero nadie está tocando el tema de su calidad. Hombres y mujeres cansados como los que visitaron Arcadia están al borde de sus capacidades.
Este solo es un nuevo mensaje de alerta para que la educación en Colombia se piense de nuevo.
. Tomado de
http://www.revistaarcadia.com/opinion/editorial/articulo/la-salud-mental-de-los-maestros-y-profesores-de-bogota-en-kennedy-sector-oficial/47714

viernes, 18 de diciembre de 2015

Salve Usted la patria, maestro. Carta al maestro desconocido. Por William Ospina

“Los gobiernos suelen confiar a los guerreros la misión de salvar a sus pueblos. “Salve usted la patria”, le dicen a un hombre a caballo que tiene una lanza en la mano, y que tiene el deber heroico de desbaratar a grupos feroces de enemigos armados. Hoy, la situación de Colombia es otra. Es el maestro el que tiene el deber y la posibilidad de salvar a la sociedad. Pero ¿quién es el maestro?
No necesariamente alguien que tiene esa profesión y a quien se le paga por enseñar: yo creo que en todos nosotros tiene que haber un maestro, así como en todos tiene que haber un alumno. Es tanto lo que hay por aprender que nadie puede darse el lujo de ser solamente el que enseña y nadie puede darse el lujo de ser solamente el que aprende. Estamos en tiempos difíciles, estamos en tiempos sombríos, por eso tampoco podemos darnos el lujo de pensar que sólo hay unos sitios especializados llamados escuelas donde se enseña y se aprende. El país entero es la escuela, el mundo entero es la escuela, y un buen maestro debe ayudarnos a aprender también las lecciones que nos dan los ríos cuando se desbordan, las selvas cuando son taladas, la industria cuando no tiene conciencia de sus responsabilidades, los políticos cuando en lugar de cumplir con su noble misión de administrar los recursos públicos para el beneficio común, se abandonan a la corrupción y al egoísmo.
DocenciaTodos los seres humanos estamos aprendiendo continuamente. Lo real no es que no aprendamos, sino que a menudo aprendemos lo que no se debe. Porque de nada se aprende tanto como del ejemplo: y cualquier persona en el mundo moderno está continuamente expuesta a elocuentes y pésimos ejemplos. La televisión no es precisamente una cátedra de buenas maneras, la política no es siempre una lección de honestidad, la publicidad no es que sea una lección de modestia y de austeridad, la economía mundial no es ni mucho menos una lección de generosidad, el modo como se gobierna el mundo no es por supuesto una admirable lección de lógica. Y cuando los alumnos, al responder las pruebas de evaluación de sus procesos de entendimiento, demuestran que no saben manejar los principios básicos de la lógica, que no logran razonar, que no saben deducir, que no comprenden bien el sentido de los textos, que no consiguen argumentar con claridad y con método, a menudo lo que nos están demostrando es que viven en un mundo que no enseña lógica, que no muestra sensatez, que no trasmite orden mental, que no enseña a entenderse con los demás.
No cometamos el error de pensar que todo ello se debe exclusivamente a que están fallando los maestros, a que están fallando los métodos pedagógicos, a que está fallando la escuela. Lo que ocurre es que la escuela es una parte apenas del sistema educativo, y a veces descargamos sobre ella toda la culpabilidad de los males y toda la responsabilidad de las soluciones. Por eso repito que la educación tiene el deber de corregir los males de la sociedad y de salvarla en momentos de tanta confusión y de tanta angustia, pero me apresuro a aclarar que esa educación tiene que comprometer a toda la comunidad y no sólo a la escuela y a sus maestros.
La escuela, sin embargo, tiene unas posibilidades de ayudar al cambio que otros sectores no tienen. Recibe a las personas en una edad temprana, cuando son más receptivas, más curiosas, más vivaces y más capaces de confiar en quien las guía. Tiene todo el tiempo para experimentar métodos de aprendizaje apelando al entusiasmo, a la solidaridad, a la sana emulación, a la cooperación, a la capacidad de juego, a la extraordinaria memoria y al alto sentido del honor y del orgullo personal que normalmente tienen los jóvenes cuando no se los trata de un modo ofensivo o despótico. Todo niño está lleno de preguntas, y la educación sería más fácil si no creyera estar llena de respuestas, si aprendiera que, como decía Novalis, todo enigma es un alimento, algo que nos mueve a buscar, que debe movernos a buscar la vida entera; que lo peor que le puede ocurrir a una pregunta verdadera es saciarse con la primera respuesta que encuentre.docente 1
La educación no debe consistir tanto en llenarnos de certezas como en orientar y alimentar nuestras búsquedas. Si a alguien le interesa, por ejemplo, el tema de la salud y de la enfermedad, valdría la pena preguntarle por qué casi todas las medicinas vienen de las plantas, qué misterio casi milagroso hay en esos surcos y en esas semillas. Y a todos nos conviene preguntarnos cuándo se separaron la gastronomía y la medicina. Yo no tengo duda de que en sus orígenes la gastronomía y la medicina debían ser la misma cosa, como creo que tendrán que volver a serlo. La medicina preventiva son los alimentos, y buena parte de la medicina curativa deben serlo también. El mundo moderno parece demostrarnos que cuanto más separadas ambas cosas, más rentables son, y más dañinas. Si lo que comemos nos hace daño, la industria farmacéutica gana más.
Todo eso tiene que ver con la idea que planteaba antes de que el mundo entero es en cierto modo la escuela, y que la educación está, o debería estar, en todas partes. Voy a poner otro ejemplo que tiene que ver con la alimentación. Una especie tan antigua y diestra como la especie humana debiera experimentar métodos de aprendizaje apelando al entusiasmo, a la solidaridad, a la sana emulación, a la cooperación, a la capacidad de juego, a la extraordinaria memoria y al alto sentido del honor y del orgullo personal que normalmente tienen los jóvenes cuando no se los trata de un modo ofensivo o despótico.
Una especie tan antigua y diestra como la especie humana debió aprender hace mucho tiempo que los alimentos confiables tienen cincuenta siglos de seguro. Quiero decir, alimentos que hayamos puesto a prueba durante cinco mil años, nos brindan ya todas las garantías de que son sanos, de que son provechosos. Esas semillas que hemos domesticado a lo largo de los milenios: el maíz, el trigo, la cebada, el centeno; esa leche, esos quesos, esas frutas, esas verduras y esas nueces. Hay que decir que esas bebidas, también, los jugos, las cervezas, los vinos. Pero en tiempos recientes la experimentación científica ha empezado a modificar esas semillas tan largamente conquistadas. La genética está en condiciones de incorporar genes de una especie a otra, para fortalecer o alterar algunas de sus características, y todo eso está bien, es muy humano investigar y experimentar. Pero por supuesto, una especie sensata y prudente lo que no puede hacer es incorporar enseguida esos resultados a la dieta común, cuando faltan décadas, si no siglos, para saber cuáles serán las consecuencias de esas modificaciones. Conviene estar alertas frente a las locuras de la industria, capaz a veces de proponer que se incorpore de modo abrupto a la dieta humana un producto manipulado genéticamente, por mero afán de rentabilidad, pretendiendo que se han hecho pruebas suficientes, sin saber aún qué efecto causarán esos cambios sobre la información genética de las generaciones.
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Otra característica casi divina de la naturaleza es la prodigalidad de las simientes. Desde siempre en el mundo cada especie derrocha sus semillas, el polen fecundo vuela en el viento, la simiente humana y animal, los mecanismos de reproducción, son de una abundancia abrumadora, y ello prueba que la principal tendencia de la vida es la voluntad de permanencia, el designio de la perpetuación, y que el principal seguro de las especies es la generosidad, la abundancia de recursos para multiplicar eso que Rubén Darío llamaba, “la universal, omnipotente, fecundación”. Ahora la técnica y la industria han empezado a obrar modificaciones curiosas: a inventar, por ejemplo, frutos sin semilla, con el fin de hacerse dueños de las patentes y de obligar a los cultivadores a tener que comprar las semillas de nuevo, siempre y siempre. Pretenden que haber obrado una innovación sobre los bienes de la tierra les asegura la propiedad sobre ellos, la privatización de sus dones. Nunca he visto nada que contraríe de un modo más alarmante la prodigalidad de la vida. ¿Cuándo nos cobró la naturaleza por sus semillas? ¿Cuándo nos privó del derecho a cultivar naranjas y viñedos?
Yo no suelo hablar de pecados, pero me resulta difícil concebir un pecado más evidente que ese de reemplazar la generosidad infinita de la naturaleza por la mezquindad del mercado. Educación es plantear el debate sobre temas como estos, y en ese sentido, lo que hay que aprender aquí es lo mismo que hay que aprender en todo el planeta. El planeta es la escuela. Hay, sin embargo, otros campos en que la educación tiene que ver con temas locales.
sonrisas_lagrimas_2145_002He oído decir que cuando un chino visita otro país, asume la actitud de que no es una persona quien está visitándolo sino que es la China misma quien viene. No sé si eso será verdad, pero me parece altamente recomendable: cada uno de nosotros debería ser una especie de síntesis consciente de la tierra a la que pertenece. Ello significa conocer el país, su geografía, su naturaleza, su historia, sus costumbres, ser vocero de una comunidad, representante de una tradición y de una manera singular de estar en el mundo. Y claro que en los tiempos que corren conviene que cada ser humano sea de algún modo el mundo, que represente a la humanidad, sus memorias y sus valores, sus recursos y sus esperanzas, y la educación debería ayudarnos a tener esa alta conciencia de nosotros mismos y del mundo al que pertenecemos.
La principal característica del ser humano, lo que lo diferencia de todas las otras criaturas, es su capacidad de aprender. Algunos animales son capaces de adiestramiento, de asimilar conductas, pero la mayoría tiene incorporada una información instintiva que sólo le permite sobrevivir y repetir un modo de estar en el mundo. La abeja fabrica miel y nunca se le ocurrirá fabricar otra cosa, la hormiga innumerable saber retacear las hojas y alimentar con ellas al hongo que alimenta su hormiguero, este felino sabe cazar antílopes y este hipopótamo sabe refrescarse en el agua, esta araña sabe tejer su malla exquisita y este castor sabe hacer diques con leños, pero sólo el ser humano es capaz de aprender y de innovar.
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El hombre es esa criatura peligrosa capaz de inventar espadas y arados, violines y cañones, catedrales y campos de concentración, sinfonías y bombas nucleares. No sé si somos plenamente conscientes de que nuestra capacidad de aprender es a la vez nuestro principal privilegio y nuestro principal peligro. Que los recursos con que construimos nuestra civilización: el lenguaje, el Estado, la técnica, la ciencia, el pensamiento, la disciplina, también pueden servir para construir nuestro infierno. Somos hijos de la naturaleza, pero somos distintos del resto de la naturaleza, andamos buscando como ninguna otra criatura, y si se puede esperar de nosotros lo peor, también es un consuelo saber que se puede esperar lo mejor.
Aprender, es en primer lugar aprender la lengua, porque sólo en el ámbito de la lengua se da nuestra habilidad para interpretar el mundo, entenderlo y transformarlo. La lengua es también, por supuesto, la memoria, y no sólo la memoria personal sino la memoria acumulada de las generaciones: desde el arte de preparar alimentos, utensilios, indumentarias, desde las ceremonias que nos enseñan a pasar de una edad a otra, a compartir, a celebrar, a agradecer, hasta las técnicas que nos permiten cultivar, habitar, transformar, enfrentar lo desconocido. La aventura de vivir es una aventura formidable, y la realidad es esencialmente increíble.niño
Pero, ¿de qué modo aprendemos la lengua? En todas las edades el recurso fueron los cuentos y los cantos. Una voz afectuosa narraba historias desde la cuna, la música de cada región nos traía en canciones los secretos elementales del mundo. No tengo la certeza de que los cuentos y los cantos sigan acompañando desde temprano a los seres humanos; a lo mejor la letra escrita, la letra impresa, logran reemplazarlos, pero yo dudo que las pantallas de televisión y los llamados métodos audiovisuales logren introducirnos de la misma manera en los secretos del lenguaje, que no son sólo secretos del sentido sino secretos del sonido, del ritmo, del afecto, de la identificación. A través de esas palabras cordiales escuchadas temprano aprendemos a sentirnos parte de una comunidad, de una manera de ser, y eso sólo lo da la compañía de otros seres humanos. Como decía Juan de la Cruz, “mira que la dolencia de amor que no se cura, sino con la presencia y la figura”.
Pero hemos entrado en una edad donde sólo parece atendible lo que está lejos: el que habla a nuestro lado resulta menos importante que el que llama por teléfono, los cuerpos parecen estorbar; los fantasmas, las señales, las meras voces, resultan más cómodas. Hay quien piensa que la educación consiste principalmente en proveernos de información. Algunos llevan más lejos su fe y piensan que la educación debe llenarnos de conocimiento. Aunque es un error creer que aprender es memorizar, los exámenes a menudo sólo ponen a prueba esa facultad humana. Se cree que lo que no se recuerda no se sabe. Pero si uno recuerda algo, ¿lo sabe de verdad? Parece exagerada la frase de Nietzsche “sólo sabemos lo que sabemos hacer”, pero es interesante y desafiante. La educación formal a veces hace pensar que las matemáticas, que la física, son un conjunto de fórmulas para ser memorizadas. Pero esas ciencias exigen mucho más que memoria, exigen que seamos capaces de razonar, de analizar, de resolver los problemas de muchas maneras distintas.
Las pruebas evaluadoras de nuestra educación nos revelan que no estamos aprendiendo a razonar, ni a argumentar, y ni siquiera a entender lo que leemos. Y se cree que no tenemos pruebas que permitan evaluar cuánto estamos aprendiendo en términos de convivencia, de respeto por los demás, de incorporación de valores éticos, de cordialidad con la naturaleza, de pertenencia a la comunidad. Yo me atrevo a decir, con tristeza, que esas otras evaluaciones de nuestra educación sí existen: son los índices de criminalidad, los niveles de corrupción, los índices de violencia intrafamiliar, los incontables procesos que se acumulan en los juzgados, el auge de la delincuencia, el tono de los comentarios en los foros públicos.
Gracias a un vasto proceso de reflexión hemos identificado algunos problemas que es urgente resolver en los procesos educativos. Tienen que ver con el pensamiento, la creatividad, la afectividad, la comunicación y la socialización. Enseñar a pensar por sí mismo requiere el reconocimiento respetuoso de la dignidad y la importancia de quien aprende. La ciencia, decía Estanislao Zuleta, exige argumentación y demostración, y sólo se le demuestra algo a quien es nuestro igual: a alguien inferior se le ordena, a alguien superior se le suplica, sólo al que es igual a nosotros se le argumenta y se le demuestra. Por esto el desafío principal en el campo del pensamiento y de la argumentación es el respeto por la dignidad de aquel a quien enseñamos o con quien dialogamos: todo autoritarismo forma seres sometidos o resentidos, nunca seres libres e iguales. En el campo de la creatividad el principal aliado es el arte. Resolver los problemas de un modo original y armonioso requiere un sentimiento de lo bello, un sentido del ritmo y del equilibrio, y conciencia de que los procesos deben ser placenteros. Para que sea artística, la educación debe proporcionar placer y entusiasmo. Debe tener el rigor de la perfección y la alegría del juego.
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En el orden de la afectividad, donde están comprometidos los sentimientos, es necesario un sentido de la justicia, de la armonía y de la cortesía. Es fundamental que las cosas que se aprenden sean verdaderas y sean bellas, pero también es necesario que sean buenas, y ello implica un sistema de valoraciones. También requerimos capacidad de comunicación, y el instrumento en este campo no es sólo el lenguaje sino el diálogo. La conversación, a la que Kant consideraba la más importante de las artes.
Y por último, el propósito de todo proceso educativo no es sólo crear seres humanos libres, lúcidos, armoniosos y expresivos, sino seres con un sentimiento profundo de pertenencia a una comunidad. La competitividad extrema estimula el egoísmo, los ejercicios de cooperación estimulan nuestra conciencia de que necesitamos de los otros, fortalecen nuestro sentido de comunidad. Tal vez los contenidos de la educación, siendo tan importantes, son secundarios; tal vez lo que más necesitamos es una filosofía de la educación, una actitud, un método, y sobre todo un propósito. El propósito de la educación no puede ser hacernos exitosos y rentables: eso limita la educación a la formación de operarios sin gracia y sin valores, nos hunde en el peligro de creer que allí donde hay éxito individual se ha cumplido la misión. Hay que ver de qué manera el narcotráfico desnudó la locura de una educación orientada a la rentabilidad y al éxito, demostrando que esas cosas pueden alcanzarse sin pasar por la escuela, y demostrando sobre todo que la riqueza separada de un sentido profundo de dignidad y de comunidad sólo trae espanto a los individuos y a las sociedades.
Nunca valoraremos bastante el papel del hacer en los procesos educativos. Conviene recordar la antigua sentencia de Confucio: “Lo escuché y lo olvidé, lo vi y lo entendí, lo hice y lo aprendí”. De modo que quisiera terminar estas meditaciones recordando la importancia de tres cosas. Una, del aprendizaje a través del hacer. La segunda, el entender que la educación no educa a todos sino a cada uno: que para ser una formación que ayude a vivir, debe tener en cuenta las preguntas que brotan de cada conciencia, de cada ser humano. Y la tercera, que en el camino de superar el aspecto puramente cerebral, teórico e intelectual, es urgente aprender con todo el cuerpo.
Para todo ello se requiere, sin duda, que los maestros sean el más valorado de los recursos de una sociedad. Son los principales encargados de introducir a toda una nueva generación en el universo. ¿Cómo pueden tener un reconocimiento menor que el de los guerreros? También los recursos destinados a la educación deben ser la prueba de que queremos abandonar la edad de la barbarie, entrar en el espíritu de la civilización.
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*** William Ospina (Padua, Tolima, 2 de marzo de 1954).Poeta, ensayista, y novelista colombiano.
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Tomado de:http://soachailustrada.com/literatura/salve-usted-la-patria-maestro-carta-al-maestro-desconocido-por-william-ospina/